Ideas y Conceptos: Filosofía / Técnicas, Ciencias y Tecnologías 

Como criterio de discriminación entre técnicas, tecnologías y ciencias respecto de la filosofía, el materialismo filosófico  se sirve de la distinción entre Conceptos e Ideas. Para el materialismo filosófico la distinción entre Conceptos e Ideas es el criterio más preciso para mantener una distinción de principio entre las ciencias (y las tecnologías o las técnicas, incluidas las mágicas), por un lado, y la filosofía  (sea crítica o metafísica) por el otro: las técnicas, las tecnologías y las ciencias trabajan con conceptos, la filosofía trabaja con Ideas, y con las concatenaciones entre ellas en forma de sistemas filosóficos. 

Las Ideas no bajan del cielo ni salen de la mente (del pensamiento puro): brotan de la confluencia, confrontación, de conceptos que se conforman en el terreno de las ciencias (matemáticas, biológicas, etc.) o de las tecnologías (políticas, industriales, etc.) o, en general, de conceptos tallados precisamente en el curso de la praxis (de las conductas culturales humanas). 

La Idea filosófica de Nada, por ejemplo, no procederá de una experiencia originaria (de una “nihilidad” ontológica que se revelase a la angustia existencial o en la experiencia religiosa de la dependencia de la criatura respecto de Dios), sino que procede de la convergencia, superposición o confrontación de conceptos tales como el concepto aritmético operatorio “cero”, el concepto físico del “vacío”, sin descartar el mismo concepto del “dejar de existir” o “des-aparecer” de los animales o de las personas de nuestro entorno, en el momento de la muerte.  

Y esto (este criterio filosófico) nos impone un método muy definido para el análisis de una Idea. Ante todo, tendremos que determinar los conceptos a partir de los cuales la Idea de referencia ha podido conformarse; y tendremos también que demoler los criterios que pretenden dar lugar a la derivación de las Ideas a partir de fuentes extraconceptuales. Desde las coordenadas del materialismo filosófico tenemos que dejar de lado, por tanto, hipótesis muy venerables sobre el origen de las Ideas que constituyen el “campo de trabajo” de la filosofía académica. 

Las Ideas filosóficas, como puedan serlo las Ideas de Dios, Mundo, Persona, Materia y Forma, Progreso o Evolución, Duda, etc., no vienen “llovidas del cielo”, como si fuesen “Ideas eternas” (como supuso S. Agustín), ni tampoco emanan de una “conciencia pura trascendental a priori (de un pensamiento puro)” (como supuso Kant).

La filosofía es un saber de segundo grado, que presupone otros saberes previos (técnicos, políticos, religiosos, matemáticos…). Un saber acerca del presente y desde el presente. Cuando tratamos de analizar filosóficamente una experiencia práctica no habrá necesidad de que nos sintamos obligados a comenzar a buscar sistemáticamente alguno de los lugares que dicen ofrecernos una perspectiva exenta (separada de las cosas mismas), ya sea éste un lugar celeste, ya sea la conciencia a priori, o algún sistema dado en el pretérito. Las Ideas surgen “de la Tierra”, de experiencias prácticas corrientes dadas en nuestro presente, y brotan de ellas cada vez como si fueran Ideas prístinas; lo que no excluye que estas Ideas puedan ser confrontadas, y aun analizadas, con Ideas que emanaron de experiencias diferentes, o que puedan ser identificadas con Ideas que forman parte de sistemas filosóficos bien cristalizados. 

Así, por ejemplo, la Idea de Dios procedería del trato que nuestros antepasados tuvieron con ciertos animales del Pleistoceno tales como bisontes, serpientes o tigres con dientes de sable; la Idea de Mundo se habría formado a partir de experiencias con cofres o arcas: el humilde “cofre de la novia”, transformado ulteriormente en el receptáculo ilimitado en el que un Dios creador introduce a las criaturas, como si fueran joyas; el embrión de la Idea de Persona lo encontramos en la máscara (persona trágica) que, para hablar (per-sonare), se ponían los actores en el teatro. Las Ideas de Materia y Forma  proceden, como el hilemorfismo de Aristóteles, no de oscuras intuiciones metafísicas, sino de experiencias ligadas al moldeamiento del barro o de los metales.  

El análisis de las Ideas, orientado a establecer un sistema entre las mismas, desborda los métodos de las ciencias particulares y constituye el objetivo  de la filosofía. La Idea de Libertad, por ejemplo, no se reduce al terreno de la política, del derecho, de la sociología o de la psicología; también está presente en la estadística o en la mecánica (“grados de libertad”), en la física o en la etología: cada una de estas disciplinas puede ofrecer conceptos científicos precisos de libertad, pero la confrontación de todos estos conceptos, desde la perspectiva de la Idea de Libertad, rebasa obviamente cada una de esta disciplinas y su consideración corresponde a la filosofía. 

El ritmo de transformación de las Ideas suele ser más lento que el ritmo de transformación de las realidades científicas, políticas o culturales de las que surgieron; pero en todo caso no cabe sustantivarlas (hacerlas eternas e inmutables). El peligro mayor estriba en este punto en la influencia del arquetipo de una filosofía exenta, más allá del mundo,  que acecha de modo, por así decirlo, insidioso, incluso a quienes creen estar cultivando una filosofía crítica. 

La actividad científica (científico-positiva) se mueve entre conceptos. Los conceptos se vinculan originariamente, no a la “mente” (no son ocurrencias racionales)  sino a las actividades prácticas (de la praxis) que un sujeto corpóreo (nosotros) operatorio desarrolla en el contexto de la manipulación de objetos impersonales (cosas) o incluso de otros sujetos (animales o humanos). A título de ilustración del alcance de nuestras tesis: el núcleo del concepto geométrico ejercido de “recta” no lo pondríamos en la proximidad de un “Reino puro de las esencias” (captadas por el entendimiento), sino en la proximidad del “movimiento más corto hacia la presa”); el concepto de circunferencia, en el giro exploratorio de mi cuerpo barriendo con los ojos la totalidad del campo de caza o en el movimiento del palpar con mis manos un objeto abarcable.

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