ALGUNAS OBSERVACIONES DE CARÁCTER INTRODUC­TORIO. UNA REVOLUCIÓN DE TRASCENDENCIA HISTÓRICA EN LA CIVILIZACIÓN GRIEGA

PLATÓN EN EL MOMENTO FINAL DEL CHOQUE DE LA NUEVA CIVILIZACIÓN DE LA ESCRITURA CON LA CULTURA TRADICIONAL DE LA ORALIDAD

El predominio de la oralidad en la cultura griega hasta el siglo V
y el cambio decisivo de la técnica de la comunicación en la primera mitad del siglo IV

La cultura griega, en sus distintas expresiones, con la poesía a la cabeza, se fundamentó, como es sabido, desde la edad homérica has­ta el siglo V a.C., de manera predominante en la oralidad, tanto en lo concerniente a la presentación del mensaje al público cuanto a su transmisión y, con ello, a su conservación.

La introducción de la escritura alfabética y su utilización por par­te de los griegos aparece en el siglo VIH a.C. Al comienzo, sin embar­go, la escritura fue utilizada casi en forma exclusiva para objetivos de índole práctica, para textos de leyes y decretos, para catalogaciones, para las indicaciones sobre las tumbas y para datos grabados sobre los sepulcros, como también para disposiciones testamentarias. Sólo en un segundo momento la escritura se concretizó en forma de libro.

De una cultura analfabeta no se pasó a una cultura alfabetizada sino en forma lenta y muy compleja: en primer lugar, aprendieron a escribir y a leer sólo pocas personas en razón de su profesión, tenién­dose, así, lo que bien puede considerarse una forma de alfabetismo de corporación. Después, comenzaron a aprender a escribir y a leer algunas de las personas más cultas, creándose así una situación de semialfabetismo. Finalmente, a partir del último tercio del siglo V y sobre todo con la primera mitad del siglo IV a.C., se puede afirmar que la cultura griega se encontraba ya alfabetizada en gran medida.

Los primeros textos puestos por escrito fueron los poéticos, comen­zando por los de Homero, tal vez entre el año 700 y el 650 a.C. Pero, al principio, estos textos escritos eran soportes de la oralidad, es decir, instrumentos de los cuales se servían los rapsodas para aprenderlos de memoria y luego recitarlos, estando así bien lejos de tener un públi­co de lectores.

Las opiniones de los estudiosos están algo divididas, tanto res­pecto de los tiempos cuanto de los modos según los cuales la cul­tura de la escritura logró sus victorias decisivas. En efecto, como con razón se ha advertido, el estudioso de hoy difícilmente sabe valorar la consistencia y trascendencia de ciertos documentos y testimonios, en cuanto los juzga con una mentalidad nacida y crecida en la cul­tura de la escritura, estando, entonces, inclinado a atribuir al des­cubrimiento de documentos escritos o de instrumentos para escri­bir no ya el peso que podían tener solamente en una cultura en la que todavía predominaba la oralidad, sino el peso y la relevancia que pueden tener en una cultura de la escritura ya adquirida y bien con­ solidada. Havelock ha precisado, con razón: «La clave del proble­ma no radica en el empleo de caracteres escritos ni en el de objetos para la escritura -que es lo que suele atraer la atención de los estu­diosos—, sino en la disponibilidad de lectores; y ésta depende de la universalización de las letras. El trauma de la lectura -por emplear un término moderno- ha de imponerse en el nivel primario de escolarización, y no en el secundario. Hasta época tan tardía como la pri­mera mitad del siglo V, las pruebas, a nuestro entender, parecen demostrar que los atenienses, si es que aprendían a leer, lo hacían en la adolescencia. Este nuevo conocimiento se superponía a una for­mación previa de tipo oral -y lo más probable es que no se apren­diera mucho más que a escribir el propio nombre (lo primero que apetece escribir), y que la ortografía fuese muy vacilante. En Las nubes, que data de 423 o algo después, hay una escena en que se des­cribe una escuela de chicos encabezada por el arpista. En el pasaje no hay referencia alguna a las letras, destacándose la recitación. Está escrito en vena nostálgica y, puesto en relación con la afirmación del Protágoras, en el sentido de que los niños aprendían a leer en la escue­la, cabe deducir de él que en las escuelas áticas la implantación gene­ralizada de las letras en el primer nivel se produjo a principios del último tercio del siglo V. Esta conclusión está en línea con el hecho de que la alfabetización general se consiguiera al final de la guerra, como señala Las ranas en 405. De hecho, esta última pieza de con­vicción debería servir para recordarnos que la Comedia antigua, cuan­do introduce el empleo de documentos escritos en alguna situa­ción teatral, lo hace para darles la consideración de novedad, ya cómica, ya sospechosa, y hay pasajes en la tragedia en que se cap­tan las mismas insinuaciones».

A no pocos de estos documentos deberemos retornar más ade­lante, en la medida en que Platón, como veremos, hace referencias precisas a los mismos. Nos apremia particularmente poner de relie­ve en forma preliminar la tesis que ya hemos señalado y que habre­mos de replicar paso a paso, a saber, que precisamente en la época de Platón estaba concluyendo aquella transformación cultural que cambió la historia de occidente y que hay que comprender correctamente si se quiere comprender al mismo Platón.

No pocos estudiosos tenderán, por lo menos desde un cierto pun­to de vista, a datar con anterioridad tal revolución; pero, como ya he manifestado, ellos valoran ciertos elementos desde una óptica inco­rrecta y, en particular, no tienen en cuenta el hecho, muy importan­te, de que, por un cierto período de tiempo, las dos culturas se entre­lazaron de varias maneras, y de que la mentalidad oral continuó sobreviviendo y superponiéndose por largo tiempo con la cultura de la escritura. Oddone Longo subraya con acierto lo que sigue: «Aun admitiendo, como hacen algunos, un nivel más bien elevado de alfa­betización, sobre todo en ciertas áreas urbanas, sigue estando firme que para cada comunicación escrita se requiere, por un lado, de un emisor equipado con la suficiente capacidad de escritura y, por el otro, de un destinatario en condiciones de leer sin excesivas dificultades: una coincidencia que en modo alguno se habrá verificado en la mayoría de los casos. Convendrá admitir, por tanto, junto a un circuito restringido de comunicación escrita que funcionaba sola­mente en áreas sociales y geográficas limitadas, la supervivencia y la reproducción de las técnicas de transmisión propias de la oralidad, con el efecto de una verdadera estratificación. Y, al mismo tiempo, habrá que admitir una producción de ideología que, en su carácter interiormente problemático y contradictorio, es síntoma notorio de un desarrollo social y cultural totalmente desigual. El ateniense medio, escasamente familiarizado con el uso de la escritura, conti­nuará reconociendo por largo tiempo en la memoria oral su propio instrumento de conocimiento y de comunicación. Esto mismo es lo que aparece, de manera muy eficaz, en un fragmento del Cratilo (122k): “No, por Zeus, no conozco las letras y no sé escribir; te lo diré en forma oral, porque lo tengo bien en la memoria”. La condi­ción que se realiza en un complejo cultural como el griego es, pues, la de una convivencia de las dos técnicas, que a veces entran en com­petencia y a veces operan en colaboración. La transmisión de noti­cias a través de mensajes escritos puede sustituirse por la transmisión oral, pero puede también asociarse a ella; no es extraño que, para mayor seguridad, la transmisión se opere simultáneamente a través de ambos canales. La convivencia o colaboración de las dos tecnolo­gías es uno de los resultados posibles de la confrontación que se esta­blece entre ellas; en este caso, hay una relación de subsidiariedad de una técnica respecto de la otra (y podemos tener tanto una escritu­ra subsidiaria de la oralidad, cuanto una oralidad complementaria de la escritura)». Recordemos que sólo hacia la mitad del siglo V a.C. se introdu­jo en Atenas el libro científico-filosófico en prosa de Anaxágoras, y que precisamente ese libro abrió la historia del mercado librero de textos filosóficos: Platón nos da testimonio de que el mismo podía adquirirse en el mercado incluso a un muy módico precio.

Fueron sobre todo los sofistas y los oradores los que difundie­ron la práctica de la publicación de sus escritos, con Protágoras y sobre todo de manera definitiva con Isócrates. Turner escribe: «Muy pro­bablemente Isócrates siguió el ejemplo de Protágoras y utilizaba la voz de un discípulo, dado que, como repite a menudo, carecía de requisitos esenciales como energía y el saber impostar la voz. Pero estos lògoi se ponen también en circulación en varias copias a partir de una lista de distribución: diadidònai es la palabra usada por Isó­crates. De su discurso Contra los sofistas, que es citado en la Antido­sis, dice “una vez escrito, lo puse en circulación”. La formulación más completa aparece más de una vez en otro lugar: “distribuir entre los interesados”. El procedimiento tiene alguna semejanza con el de un estudioso moderno que envía separatas de sus libros; ni siquiera la motivación es diferente. Isócrates, a propósito de la publicación original de sus obras, dice: “cuando estas obras fueron escritas y pues­tas en circulación, conseguí una amplia reputación y atraje muchos discípulos”. En otra parte se dice que algunas de sus obras eran leí­ das en Esparta».

Téngase presente, en todo caso, que la cultura oral, con su res­pectiva técnica fundada sobre todo en la memoria, no fue superada sino lentamente; muchos padres, en efecto, continuaron imponien­do a sus hijos la obligación de aprender de memoria los poemas de Homero, como muy bien lo permite comprender el siguiente pasa­je de Jenofonte:

—Y tú, Nicerato, ¿de qué ciencia te sientes orgulloso?

-Mi padre -respondió-, que se preocupa de hacer de mí un hombre de bien, me ha constreñido a aprender de memoria todos los versos de Homero; y aun ahora podría yo recitar de memoria La Ilíada y La Odisea por entero.

-Pero olvidas -dijo Antístenes—que también todos los rapsodas saben estos versos de memoria.

-¿Y cómo no habría de recordarlo, si voy casi cada día a escucharlos? -¿Y conoces una raza más necia que la de los rapsodas?
-Por cierto que no -respondió Nicerato-, no creo que yo la conozca. —Es evidente -observó Sócrates—: porque no comprenden el significado de las cosas que recitan. Tú, en cambio, has entregado mucho dine­ro a Stesimbroto, a Anaximandro y a muchos otros, a fin de que no se te escapara nada de lo valioso de esos poemas.5

Sólo teniendo esto bien presente se podrán comprender diálo­gos como el Ion, y particularmente muchas partes de la República, así como la vehemente polémica de Platón respecto de Homero y de los modos como se comunicaba su poesía. Se trata, pues, de tomas de posición que, como veremos, resultan desconcertantes para el hom­bre de hoy.


La posición de Platón en el momento del pasaje definitivo de la cultura de la oralidad a la cultura de la escritura

El punto clave que es preciso adquirir para una relectura correc­ta de Platón se encuentra justamente, como decía, en la comprensión adecuada de las implicancias y consecuencias de la revolución cultu­ral que estaba en curso, particularmente en su momento final. En aquel momento, se estaba pasando a modos de pensar y de expresarse completamente distintos de los del pasado, a una relación diferente con los hombres y las cosas.

Pero lo que resulta particularmente difícil de comprender, al menos en un primer intento, es la posición particular asumida por Platón, la que resulta aparentemente contradictoria. Por un lado, él demostró la necesidad de abandonar la cultura oral poético-mimética; por el otro, defendió la oralidad, poniéndola axiológicamente por encima de la escritura y afirmando incluso la tesis de que el filó­sofo debe reservar para la oralidad las cosas que para él son de mayor valor. Además, por un lado, criticó firmemente la escritura, por los motivos que veremos, pero, por el otro, se expresó como un artis­ta de la escritura, y de entre los más grandes - y no sólo en el ámbi­to de la cultura griega-, y el corpus de escritos que ha dejado tuvo una historia de influencias que, desde ciertos puntos de vista, no tie­ne parangón.

El problema que emerge de todo esto, por lo tanto, se plantea como verdaderamente notable.

No pocos estudiosos lo han entendido mal; y también algunos estudiosos recientes, entre los más agudos y preparados en la investi­gación sobre la técnica de la comunicación, lo han resuelto en forma errónea. Turner, por ejemplo, no dudaba en afirmar que, en la críti­ca a la escritura, Platón estaba librando en aquel momento «una bata­lla de retaguardia»; y muchos han compartido este juicio.

En este libro procuraré no solamente criticar, sino también inver­tir este juicio: más allá de ciertas afirmaciones que pueden sonar, sin duda, como defensa de un pasado que ya no podía retornar, Platón, con una sensibilidad finísima, agudizada precisamente por el momento culminante de la revolución cultural, ha madurado extra­ordinarios conceptos de avanzada, con intuiciones geniales que lle­van en germen algunas verdades que sólo maduraron, como veremos, en el siglo XX, a través de la hermenéutica.

Para pensar de manera dialéctica esta tesis mía considero parti­cularmente útil instaurar un diálogo denso con Havelock, por las razones que precisaré enseguida.

Un giro importante, aunque muy parcial, operado por Havelock en los estudios platónicos

En 1963, Havelock publicó su libro más exigente, que ha ejer­cido una gran influencia y que, en su género, ha hecho época, con seguidores fervientes de la tesis que presentaba y con no menos fer­vientes críticos.

Ya el título que dio al libro, Preface to Plato, ha traído consigo dis­cusión, porque resulta ser inadecuado: en efecto, el libro contiene mucho más y, al mismo tiempo, mucho menos de lo que promete.

Contiene más, por el hecho de que presenta con agudeza y efi­cacia las características estructurales de la cultura griega arcaica fun­dada en la oralidad y particularmente en la oralidad poético-mimética, o sea, que ilustra aquella forma de cultura contra la cual Platón inicia una verdadera batalla. Pues la férrea condena platónica de la poesía, y particularmente de la de Homero, tal como está conteni­da en la República, no se comprende correctamente sino en la ópti­ca en la que la presenta Havelock.

Contiene menos, en cuanto presenta a Platón mucho más que dimidiatus, en función de una serie de presupuestos teóricos que no fundamenta en absoluto, y que resultan verdaderamente inadecua­dos y, sobre todo, históricamente infundados.7


El autor es un experto en la tecnología de la comunicación en el mundo antiguo y utiliza con seguridad y elegancia métodos toma­dos de las ciencias psicológicas, antropológicas y sociológicas, esta­bleciendo y desarrollando, así, toda una serie de problemas que filó­logos e historiadores de la cultura clásica han ignorado casi por entero en el pasado y que continúan ignorando aún.

La tesis de Havelock es la siguiente: no se puede comprender a Platón si no se lo coloca de manera precisa en el particular momen­to histórico-cultural en que vivió, o sea, en aquel momento en que la cultura de la escritura lograba el predominio sobre la cultura de la oralidad poético-mimética. Más aún: según Havelock, Platón fue incluso un «profeta» de la nueva cultura: según él, su método dia­léctico y la problemática conexa de las ideas resultan depender pro­piamente casi in toto de la cultura de la escritura. El ataque y el vacia­miento que Platón lleva a cabo respecto de la estructura y de los fundamentos de la cultura de la oralidad poético-mimética, y la con­secuente introducción de las nuevas estructuras y de los nuevos fun­damentos del pensar, habrían sido imposibles sobre una plataforma diferente que la que se había logrado con la cultura de la escritura.

Cito algunos pasajes que ilustran bien esta tesis y ayudan a com­prender las posiciones que asumiré, ya en sentido positivo, ya en ne­gativo.

Justamente en el prólogo del libro se afirma claramente: «Los resultados de la alfabetización no se manifestaron plenamente en Gre­cia hasta el advenimiento del período helenístico, cuando -por así decirlo- adquirió fluidez el pensamiento conceptual y su vocabulario alcanzó cierto grado de normalización. Platón, que vivió en pleno centro de esta revolución, fue su heraldo y se trocó en su profeta».

¿Cuál fue, entonces, la causa del despertar de los griegos de aque­lla forma de trance hipnótico conectada con la oralidad poético-mimé­tica, y cuál la causa del nacimiento de la auto-consciencia y del nue­vo modo de pensar? Havelock escribe: «La respuesta fundamental debemos buscarla en los cambios experimentados por la tecnología de la comunicación. Los signos escritos, viniendo en ayuda de la memoria, per­mitían que el lector se desentendiera en buena medida de toda la carga emocional inherente al proceso de identificación —único capaz de garan­tizar el recuerdo dentro de los límites del registro acústico—. Con ello que­ daba disponible cierta cantidad de energía psíquica, que ahora podía consagrarse a la revisión y reorganización de lo escrito; lo cual no se percibía ya sólo como algo escuchado y sentido, sino como algo sus­ceptible de convertirse en objeto. Se hizo posible, por así decirlo, vol­ver a mirar, echar un segundo vistazo. Y esta separación del yo y la palabra recordada puede a su vez explicar el creciente uso, en el si­glo V, de un mecanismo que suele considerarse característico de Sócra­tes, pero que puede haber sido de uso general como defensa contra la identificación poética y como contribución a que todo el mundo rompiera con ella. Me refiero al método dialéctico [...]».

La teoría de las ideas se torna, consecuentemente, en una «nece­sidad histórica» mediante la cual, el «representar imágenes» propio de la cultura de la oralidad poético-mimética era sustituido por un «pensar conceptos» que no podía fundarse sino en la nueva forma de cultura creada por la alfabetización. Fue, pues, la evolución general de la civilización griega, conectada con el pasaje de la oralidad a la escri­tura, la que «hizo inevitable el advenimiento del platonismo».

En suma: se pasaba del lenguaje de la oralidad poético-mimética, fundado por la memorización de los expedientes y las fórmulas y basado en las imágenes, en los eventos y las situaciones, en las cua­les el acontecimiento real predomina estructuralmente sobre el con­cepto, al nuevo lenguaje que sustituía la sintaxis de las imágenes por la de los conceptos. Y, según Havelock, semejante histórico pasa­je habría sido hecho posible solamente por la tecnología de la alfa­betización.


Los grandes méritos del libro de Havelock y sus límites estructurales

El mérito principal del libro de Havelock consiste propiamente en haber puesto en perfecta evidencia el problema fundado en la nece­sidad de leer Platón en el ámbito de aquella revolución cultural de trascendencia histórica, aun si las soluciones que propone para este pro­blema han sido ampliamente redimensionadas y corregidas.

Como ya he dicho otras veces -y como asimismo otros estudio­sos han puesto bien de relieve-, el hombre contemporáneo puede darse cuenta, probablemente más de lo que ha sido posible en el pasa­do, de qué es lo que podía estar aconteciendo en aquellos tiempos, en analogía con lo que está sucediendo hoy en día.

En aquel entonces, la escritura triunfaba sobre la oralidad; hoy, en cambio, es justamente la misma escritura la que está siendo derro­tada por una forma diferente de cultura, fundada particularmente en la imagen, en la tecnología de la computación y en un nuevo tipo de oralidad, muy distinto del antiguo, y que bien puede denominarse la «oralidad de masas», «oralidad de los mass-media».

Bruno Gentili escribe con razón: «También nosotros vivimos en una época de crisis cultural provocada por el advenimiento de nue­vos instrumentos y nuevas técnicas de la comunicación; y precisa­ mente en virtud de esta nueva situación se ha impuesto la exigencia de profundizar teóricamente sus aspectos formales y sus inevitables consecuencias en el plano antropológico y social. La relación ambi­gua de Platón con la escritura parece revivir hoy, de manera casi idén­tica, a propósito de la computación y de los medios electrónicos: les tenemos aversión pero, al mismo tiempo, los utilizamos como ins­trumentos útiles, más aún, indispensables, tanto para la composición cuanto para la conservación y difusión del saber, al punto de que quien no esté en condiciones de utilizar un procesador electrónico se arriesga a transformarse a su vez en un analfabeto tecnológico». Gen­tili concluye citando una poesía del Diario póstumo de Eugenio Món­tale intitulada En el año Dos Mil (Nel Duemila), que expresa perfec­tamente el sentido de amenaza provocado por las innovaciones tecnológicas para la libertad del hombre:

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Estábamos indecisos entre
la exultación y el temor
ante la noticia de que el ordenador 
iba a reemplazar la pluma del poeta.
 En mi caso, no sabiéndolo
usar, recurriré a fichas
que recojan los recuerdos,
para después juntarlas al azar.
Y ahora qué me importa
si la inspiración se apaga:
conmigo está acabando una era.

El libro de Havelock, que centra de lleno la cuestión de fondo para entender a Platón, tiene su principal defecto en el método que utiliza, de carácter fuertemente «reduccionista»: hace depender el naci­miento y la evolución de las formas de pensamiento de las tecnologías de la publicación, de la comunicación y de la conservación. Las tecno­logías y los instrumentos materiales condicionarían estructuralmen­te y de manera global el espíritu humano. Se trata de un reduccionismo que bien podríamos llamar «cientificista-tecnológico».

El problema que se plantea es el siguiente: ¿ha sido realmente así que «la creciente alfabetización abrió camino a la experimentación en el terreno de lo abstracto», o el proceso se dio, en cambio, como resultado del nacimiento de necesidades espirituales en el sentido abs­tractivo y dialéctico, las que requirieron la aplicación y la difusión de la escritura?, de todas maneras, ¿no ha habido acaso un dinamismo de carácter sinergético entre la alfabetización y los experi­mentos de abstracción?

Veremos que los hechos demuestran justamente esto, ignoran­ do a Havelock.


La crítica platònica de la escritura, que Havelock descuida totalmente

Havelock no solamente sostiene la tesis de que fue propiamen­te la escritura la que tornó posible y hasta necesario el platonismo, sino incluso que el corpus de los escritos platónicos constituye la divisoria de aguas del pensamiento griego y, en su género, un primum en la his­toria de la especie humana. En una obra publicada en forma póstu­ma, Havelock escribe: «La gran divisoria de aguas en la historia del pensamiento teórico griego, sea que se considere la naturaleza o el hombre, coincide no ya con el período de la actividad socrática (esta sería una hipótesis absurda en el plano histórico), sino con la primera mitad del siglo IV a.C., cuando un hombre oriundo de Ate­nas, combinando el arte literario nacido en su ciudad, es decir, el arte dramático, con la empresa iniciada intelectualmente en Jonia y reci­bida por Sócrates, introdujo en el mundo griego, como también en el de sus herederos culturales, un consistente corpus de escritos des­tinados a lectores, el primero en su género en la historia de nuestra especie».

Pero entonces, ¿cómo puede un hombre que, con sus escritos, ha cambiado la historia de la cultura griega y la de sus herederos cultu­rales, someter justamente los escritos a una fogosa crítica? En el Fedro y en el excursus de la Carta VII, Platón afirma incluso, como veremos, que acerca de ciertas cosas (aquellas que eran para él de mayor valor, o sea, los fundamentos de su sistema) no solamente no existía hasta ese momento un escrito suyo, sino que tampoco habría de haberlo en el futuro.

Havelock debería haber analizado estos textos con gran atención y haber brindado una interpretación de los mismos en conexión con su tesis de fondo. Pero, por el contrario, los descuida in toto.

Podemos dar una explicación de este hecho haciendo uso de cier­tos criterios y de algunas metáforas de carácter epistemológico. La crítica que hace Platón de la escritura constituye un verdadero «hecho contrario» que no se adecúa al cuadro categorial del paradigma hermenéutico de Havelock. Para hacer que los «hechos contrarios» pue­dan entrar en un determinado cuadro categorial no hay otra posibi­lidad que la de alisarlos cuanto sea necesario: en tal caso, los hechos resultan «artificiados», «rehechos» mediante convenientes recons­trucciones conceptuales. Como veremos, Havelock se comporta exactamente de esta manera; pero, en este caso, el estudioso se ha com­portado en forma extrema: podríamos decir que ha «des-hecho» el hecho, es decir, que lo ha eliminado drásticamente, considerándolo como inexistente.

Pero, por el contrario, veremos que Platón, justamente en cuan­to es un gran escritor, no solamente fue consciente de ser el más gran­ de escritor de su época, dando pruebas de ello en los hechos y en la teoría, sino que, precisamente en aquella fase de pasaje de una cul­tura a otra, descubrió que el nuevo gran instrumento de comunica­ción mediante la escritura,junto a sus ventajas, implicaba también desventajas, en cuanto introducía algunos elementos que podían tornar ineficaz y hasta dañina la comunicación. En particular, comprendió en qué sentido y en qué medida el escrito no es «autárquico» en abso­luto, por qué tiene necesidad de «ayuda» para una recepción adecuada y completa de sus mensajes.

Pero sobre esto deberemos extendernos ampliamente.

Havelock no explica por qué Platón desmantela la oralidad poético-mimética afirmando al mismo tiempo que la oralidad está axiológicamentepor encima de la escritura

En conexión con la crítica de la escritura, Platón presenta una sis­temática defensa de la oralidad, que considera esencial para la comu­nicación de los mensajes filosóficos, por las razones que veremos. Por otra parte, considera la escritura como una forma de «juego» muy bella, pero, con todo, siempre un juego, en oposición a la «serie­dad» que caracteriza, en cambio, a la oralidad dialéctica.

Más que nunca, en el contexto del discurso de Havelock se imponía la explicación de este hecho, en conexión con una interpretación adecuada de la crítica de la escritura.

En efecto: el problema se presenta muy complejo. No he tratado la solución del mismo en anteriores obras, sino que la presento aquí por vez primera.

La oralidad tiene formas diferentes, que no pueden reducirse por entero, como lo hace Havelock, a la «poético-mimética», aun si ésta resulta ser la más difundida. En efecto, en el ámbito de la oralidad será preciso distinguir: a) la oralidad poético-mimética, que es la for­ma más antigua y también la más difundida; b) la oralidad que lla­maremos dialéctica, que nació y se afirmó con el surgimiento de las investigaciones filosóficas y científicas; c) por fin, la oralidad que podríamos definir como retórica, en cuanto fue defendida e impuesta por los oradores, o sea, por los maestros de la elocuencia pública.

Platón polemizó de manera muy fuerte contra la primera forma de oralidad, la «poético-mimética», pero bajó al campo de batalla también contra la tercera forma de oralidad, propia de los oradores, que se asociaba a la enseñanza de los sofistas (Protágoras y Gorgias), y puso en la mira a retóricos como Lisias y al mismo Isócrates.

La oralidad que Platón creyó capaz de comunicar los más gran­ des mensajes, en particular los filosóficos, fue la «oralidad dialéctica», que Sócrates había puesto en primer plano y que él hizo suya, esta­bleciendo sus propios escritos sobre la base de ese mismo método.

Por lo tanto, no se puede afirmar, con Gentili, que Platón «no se daba cuenta de que la cultura cuestionada por él iba íntimamente ligada a la tecnología de la comunicación oral. El hecho de que Platón proclamara explícitamente su preferencia por el discurso oral sig­nifica sólo, en realidad, que él no podía comprender todas las impli­caciones históricas de la diferencia entre las dos tecnologías de la comunicación oral y escrita, en un momento en que estaba tenien­

18. Además de los diálogos Protdgoras y Gorgias, véase Fedro, pássim.

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do lugar el paso de una a otra. De ahí su contradictoria posición de retaguardia en defensa de la oralidad y contra el uso de la escritura, a la cual sin embargo confiaba él la transmisión de su pensamiento dialéctico».19

En efecto: Platón no apuntó ya hacia la «oralidad poético-mimé- tica», sino hacia la «oralidad dialéctica», y consideró quejustamente estaforma de oralidad se escapabapor entero tanto de lospeligros en los que incurría la oralidadpoético-mimética (y la retórica), cuanto tam­ bién de lospeligros en los que incurría la escritura, que, a raíz de sus características específicas, podía conducir también a quefallara total­ mente la comunicación de sus mensajes, particularmente si se trataba de los mensajes últimos de la filosofía.

Si no se pone bien en claro esta distinción entre las distintas formas de oralidad, en particular entre la «poético-mimética» y la «dialéctica», se presenta una realidad por la mitad, con todas las con­ secuencias que ello implica.

Por lo tanto, dedicaré los próximos dos capítulos a estas formas de oralidad, a fin de mostrar cómo el nacimiento y el desarrollo de la filosofía no se explican sino enjunción de la oralidad dialéctica, que

no partió de la escritura sino que, más bien, llegó ella.

La problemática de la poesía y de la mitobgía

Naturalmente, el planteo metodológico de Havelock traía con­ sigo una identificación total de la poesía y del mito con la cultura de la oralidad poético-mimética, y, consecuentemente, la negación de que en Platón, que invirtió los métodos y contenidos de aquella cultura, la poesía y el mito pudieran tener aún importancia alguna.

Sin embargo, como veremos, Platón se presenta como autor de una nuevaforma depoesía, como el nuevo poeta que supera y une, en una síntesis superior, la comedia y la tragedia. Además, recupera el

19. B. Gentili, Poesíay público en la Grecia antigua, traducción de Xavier Riu, intro­ ducción de Caries Miralles, Barcelona: Quaderns Crema, 1996, 88 (< Poesía epubblico
nella Grecia antica, Roma-Bari 1984, 54).

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mito, justamente en el nuevo nivel de las conquistasfilosóficas, y lopre­ senta como un «pensar mediante imágenes», en sinergia con el logos.

Afortunadamente, algunos estudiosos que acogieron la tesis de fondo de Havelock, desarrollándola particularmente en el ámbito de la literatura, han advertido ya el error del estudioso en este pun­ to y lo han corregido.

Gentili, por ejemplo, subraya con justa razón que Platón recha­ za categóricamente los mitos que eran objeto de la epopeya y de la tragedia, porque tienen una fuerza de corrupción intelectual y moral; no obstante, según Gentili, Platón individualiza en el mito una capa­ cidad comunicativa y una fuerza persuasiva y seductora que puede asociarse bien, haciendo oportunas correcciones de contenido, con el discurso racional. Naturalmente, se trata de una nueva forma de mito, y precisamente, se trata de «un mito depurado de las inven­ ciones efímeras y falaces de los antiguos y tornado en continente de los nuevos valores del estado: por tanto, mito como metalenguaje apropiado para un contenido nuevo, como ropaje seductor de la refle­ xión filosófica».20

Cerri, por su parte, precisa lo siguiente: «Platón condena el mito y la poesía de la tradición de Homero y Hesíodo, no el mito y la poe­ sía en cuanto tales; antes bien, el presupuesto y corolario del razona­ miento entero es propiamente que el mito y la poesía que lo narra son la única vía practicable para la formación de base del ciudadano. La verdad dialéctica interviene sólo en un segundo momento, repre­ senta el grado superior y subsiguiente del aprendizaje educativo, reser­ vado, por lo demás, solamente a aquella élite de personas que han mostrado disposición para recibirla».21

Otro límite de la tesis de Havelock consiste en haber considera­ do como material de base de la cultura oral poético-mimética prác­ ticamente sólo el epos (y la tragedia), y en haber conectado la poesía lírica no tanto con la oralidad cuanto con la escritura. Sin embargo, también la poesía lírica se ajustaba a la misma dinámica de la tec­ nología de la oralidad poético-mimética, como lo ha demostrado muy

20. Gentili, “Prefazione”, 15s.
21. Cerri, Platone sociologo, 22-23.

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bien Gentili. En efecto, la diferencia reside solamente en lo siguien­ te: «En la dimensión de la correspondencia poeta-público emerge para la poesía lírica, a diferencia de la épica, el problema de la espe­ cificidad del auditorio, que ha de identificarse cada vez en determi­ nados grupos sociales: en un thíasos de muchachas (Safo) o en una heteríá de nobles (Alceo) o en una formación de guerreros compro­ metidos en la defensa de su ciudad (Tirteo) o en el ambiente de los simposios y de los kómoi (Anacreonte). Para la lírica coral se plantea, junto al del auditorio, el problema de la persona del patrono y de los eventuales condicionamientos que pudiera ejercer sobre el poeta».22

En especial, el método reduccionista en sentido «cientificista-tec- nológico» utilizado por Havelock no le permitió individualizar el valor «cognoscitivo» del mito, que hoy está siendo descubierto por muchos, por otros caminos. Havelock no comprendió particular­ mente la presencia de ese «universal fantástico», o sea, de ese «uni­ versal» que se encuentra estructuralmente incluido propiamente en la imagen poética, y que se esconde y al mismo tiempo se revela en diferentes medidas en las peculiares situaciones, en los eventos dis­ persos en el tiempo y en los personajes emblemáticos de la poesía y del mito.

Y es precisamente esto lo que, como veremos, Platón coloca en primer plano con su nueva forma de poesía y con los nuevos mitos que crea.

Havelock redujofuertemente o hasta eliminó todos
los elementos conectados con la problemática metafísica, con la religiosay con la erótica

Como decía más arriba, contrariamente a lo que sugiere el títu­ lo que da a su libro, Havelock hace comprender muy bien a Home­ ro y la cultura oral poético-mimética, y, por tanto, también las razo­ nes por las cuales Platón las combate, pero hace comprender muy

22. Gentili, Poesíaypúblico, 124s (< 75s). -46-

poco de la filosofía de Platón. Y toda la segunda parte del libro, que se intitula «Necesidad del platonismo», es la más débil y en mayor medida inconsistente, en cuanto los «hechos» resultan «re-hechos», «arti-ficiados» y a menudo «des-hechos» de una manera sorprendente.

En primer lugar, Havelock nuestra no conocer de manera ade­ cuada la compleja problemática metafísica y su desarrollo en el mun­ do antiguo, e ignorar que el mismo Platón, con su «segunda nave­ gación» (déuterosploüs) construyó la metafísica occidental, colocando aquellos fundamentos que se han impuesto como punto de referen­ cia irreversible. Pero los mismos presocráticos (a partir de Tales), hicie­ ron un discurso filosófico que bien puede denominarse «metafísi- co» si se da al término un sentido griego y no moderno, pues se plantearon el problema del «todo», es decir, de la razón de ser de «todas las cosas», con la búsqueda del «principio» o de los «princi­ pios» que la explican.23

Además, se observa que Havelock no solamente niega de modo categórico que los presocráticos hablaran de metafísica y silencia la «segunda navegación» de Platón, sino que evita explicar qué entien­ de él en forma precisa y puntual con el término «metafísica».

Y en la medida en que, con la cuestión de la metafísica, se toca propiamente uno de los puntos más delicados y difíciles en la exége-
sis del pensamiento antiguo, pero al mismo tiempo el más conspi­ cuo, considero oportuno recordar algunas observaciones verdadera­ mente iluminadoras hechas por Heidegger, sobre las que ya he llamado
la atención en varias oportunidades, pero que es preciso reafirmar en este punto.

Heidegger escribe: «La palabra [metafísica] y su surgimiento son muy singulares, su historia lo es más aún. Y sin embargo, del poder y del predominio de esta palabra y de su historia depende, en una porción esencial, la configuración del mundo espiritual de occiden­ te, y con ello del mundo en general. En la historia, las palabras son con frecuencia más poderosas que las cosas y los hechos. La circuns­ tancia de que en el fondo sepamos tan poco sobre el poder de esta

23. Véase más adelante, capítulo III, pág. 82ss.

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palabra “metafísica” y sobre la historia del despliegue de su poder per­ mite reconocer cuán pobre y extrínseco sigue siendo nuestro saber acerca de la historia de la filosofía, cuán poco armados estamos para una confrontación con ella, con sus posiciones fundamentales y con sus fuerzas unitarias y determinantes».24

Justamente por no haber enfrentado de modo correcto esta cues­ tión, Havelock no comprendió la problemática platónica del «ser» y redujo las ideas a meras «abstracciones» (a conceptos y categorías), mientras que, para Platón, ellas son, en realidad, algo muy distinto.

Antes bien, Havelock tomó justamente el concepto de «abstrac­ ción» como punto de apoyo para hacer comprender la «revolución» llevada a cabo por Platón; pero entendió por «abstracción» aquello que se había entendido de Locke en adelante, mientras que el pen­ samiento antiguo entendía por «abstracción» algo muy diferente, como veremos en su momento.

Análogamente, no entendió el sentido de la «contemplación» para los griegos, y en particular su significado en dimensión ontològica. Y, en relación con esto, no entendió el sentido de la «imitación», que, muy lejos de operar solamente en la dimensión de la doxa, tiene, como veremos, valores de extraordinaria importancia también en dimensión axiológica y ontològica.

En el libro pòstumo, pero implícitamente también en este, Have­ lock niega que los griegos hayan tenido una «consciencia religiosa». Toda divinidad «simbolizaba el laicismo del estilo de vida griego».25 En realidad, Havelock descuida por entero el sentido del fenómeno de la religiosidad entendido en general como relación con lo divi­ no, considera por «religión» sólo la que nace en el ámbito de la cul­ tura judeocristiana y transforma la evidente «diferencia» de conte­ nido y de forma de la religiosidad griega respecto de la judeocristiana en una negación de la existencia de la primera (en la convicción reduc­ cionista de que no puede existir un fenómeno religioso sino en la for­

24. M. Heidegger, Nietzsche, trad. de J. L. Vermal, 2 vols., Barcelona: Destino, 2000, tomo I, 362 (< Nietzsche I = Gesamtausgabe 6.1, Frankfurt 1996, 403s).

25. Havelock, Alle origini (nota 16), 137 (véase también en su integridad el capí­ tulo VII, intitulado “Illusioni di una coscienza religiosa greca”, 121-149).

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ma y en el sentido que este fenómeno ha asumido precisamente en la cultura hebraico-cristiana), es decir, aplica la técnica de la negación del hecho a todo aquello que asume la posición de un «hecho con­ trario» en el ámbito categorial de su tesis. Pero sin la dimensión de lo religioso, Platón pierde muchísimo.

Por último, Havelock descuida la problemática del erotismo, que, como veremos, no es más que la otra cara de la dialéctica, y que en Platón es esencial, al punto de que «Eros» es por excelencia «filósofo».

Por qué el libro de Havelock sigue siendo, a pesar de todo, un punto de referencia irrenunciablepara entender a Platón

Ya en otros casos y para otros libros he tenido oportunidad de expresar mi firme convicción de que ciertas obras planteadas y lleva­ das con notable ingenio y preparación, aun si caen en toda una serie de errores, y de manera notable, en cuanto absolutizan una verdad que descubren, se imponen, sin embargo, como un punto de refe­ rencia no solamente para aquella verdad, sino también para la serie de errores que la absolutización de la misma conlleva. Pues, según mi parecer, también el error llevado con una extraordinaria lucidez, si se lo toma como polo de una intensa discusión dialéctica, resulta ilu­ minador. Bacon decía, con justa razón, citius emergit veritas ex erro- re quam ex confusione —Con mayor celeridad emerge la verdad del error que de la confusión. ¡Y son verdaderamente tantos los libros que, lle­ nos de confusión, se han escrito sobre el pensamiento antiguo!

En efecto, más que cualquier otro estudioso, Havelock ha lla­ mado la atención sobre el hecho de que, para entender a Platón, es necesario colocarlo en el momento histórico en el cual vivió, y, enparti­ cular, darse cuenta de la importancia de la revolución cultural que se estaba dando, comprendiendo elpapelpreciso que le tocó desempeñar en esta revolución. Desde cierto punto de vista, Platón fue incluso un «protagonista», si no hasta el principal protagonista, consolidando de manera definitiva una innovación radical en el modo de pensar y de expresarse mediante el logos.

En conclusión, se confirma que no se entiende la oposición fron­ - 49-


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